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Editorial - El Viejo Topo | Miguel Riera Montesinos

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Se cumplieron los pronósticos: los gobiernos occidentales han elegido, para salir de la crisis, la política del parcheo. De tapar agujeros. Han ignorado lo que cada vez parece más evidente: que no estamos ante una crisis cíclica, típica del capitalismo, sino ante una crisis del sistema. Una crisis que en realidad es la suma de tres o cuatro o cinco crisis: la crisis financiera internacional; la crisis energética global; la crisis medioambiental global; la crisis inmobiliaria local; y la crisis ideológica que afecta a las derechas (porque el neoliberalismo a todas luces se ha ido a pique) y el centro progresista y las izquierdas (que perdieron la hegemonía cultural hace años y no saben en esta tesitura por dónde salir).

Con las ideas estancadas por parte de todos, sólo queda, al parecer, verlas venir, y tratar de que el daño sea el menor posible. Ello implica, obviamente, una crisis de larga duración, y que cada cual capee el temporal como pueda.

Si la crisis es sistemática, parece lógico suponer que la forma más lógica de superarla es una modificación profunda del sistema, pero ahí nos encontramos con un problema: la inexistencia de un modelo alternativo. La caída del muro dejó provisionalmente a las izquierdas sin horizonte (afortunadamente, porque el horizonte que se vislumbraba tras el muro era más bien sombrío), huérfanas de proyecto, un golpe del que la izquierda política no se ha repuesto, y un vacío que los movimientos sociales aún no han podido colmar.

Durante mucho tiempo hemos estado dándole vueltas a la ausencia de un modelo alternativo, a cómo habría de ser, incluso a veces lo hemos bautizado (socialismo del siglo XXI, por ejemplo), sin advertir lo obvio: que no hay ni habrá modelo, que lo que venga, llámese como se llame, no puede ser más que el producto de la movilización y la lucha de clases, no la ejecución de un "proyecto intelectual" concebido de antemano.

La cuestión, entonces, se plantea en términos que van más allá de lo puramente ideológico: sólo es posible salir de la crisis (podría escribir también que no es posible que la especie sobreviva, pero eso suena demasiado catastrófico, aunque tengo para mí que es bastante cierto) si somos capaces de movilizarnos, de luchar. Y de hacerlo a nivel global. Un reto tremendamente difícil, pero que hay que encarar imprescindiblemente.

Para ello, y como primer paso, a nivel local debería fomentarse la convergencia entre las fuerzas políticas, los movimientos sociales y los sindicatos. Algo que no es nada fácil, pues implicaría una desburocratización de partidos y sindicatos, la superación del fatídico cainismo y de los múltiples sectarismos, de los que los movimientos no están exentos, y una politización de estos últimos, superando ellos su fundamentado escepticismo.

No parece que esa convergencia pueda producirse en un plazo breve, pero los diversos actores deberían tener en cuenta algo que estamos repitiendo en esta revista insistentemente: si el cambio es inevitable, no está garantizado que éste deba producirse en el sentido de favorecer a las clases populares (incluidas las medias, desde luego). También puede acabarse en un fascismo de rostro amable capaz de garantizar que los de siempre sigan arramblando con casi todo.

¿Serán capaces? ¿Advertirán las cúpulas sindicales la necesidad de cambiar de rumbo? ¿Podrán desembarazarse los movimientos de su hostilidad ante lo político? ¿Y la clase política, sabrá renunciar en las alturas al "que hay de lo mío" y dar un paso al frente? Los desengañados, los que se han ido a casa, ¿tomarán conciencia de lo que se avecina, y volverán a la lucha?

Esperemos que si, porque sino, el futuro que nos aguarda es más bien negro.

 

Migue Riera Montesinos

 

 

 

 

 
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